La Madrid y la trampa geográfica que la convierte en una pileta sin desagüe hace décadas: un plan de arquitectos de la UNT propone reformar el pueblo

Palito Ortega en una inundación en La Madrid, hace más de 30 años, y la situación actual en el pueblo.


La tragedia de La Madrid no se puede entender mirando solo la tormenta de hoy; es una herida abierta que lleva más de ochenta años exponiendo la vulnerabilidad de un pueblo frente a la fuerza de la naturaleza y también frente a décadas de decisiones urbanas que nunca lograron resolver el problema de fondo.

Los errores, las condiciones naturales y la falta de planificación se fueron encadenando hasta llegar a la crisis extrema que se vive hoy, con miles de vecinos evacuados y barrios enteros bajo el agua.

Para entender el drama crónico de La Madrid hay que retroceder hasta su misma fundación. El pueblo creció alrededor de la vieja estación del ferrocarril, enclavado en una llanura extrema del piedemonte tucumano. Esta ubicación lo convirtió naturalmente en el fondo de un embudo geográfico.

El río Marapa, que desciende con fuerza desde las montañas de Catamarca y del oeste tucumano, llega a esa planicie y pierde velocidad de manera abrupta. Cuando el agua se frena comienza a depositar sedimentos, piedras y tierra que arrastra desde las zonas altas. Con el paso de las décadas ese proceso elevó el fondo del río, reduciendo su capacidad de drenaje y dejando el cauce prácticamente al mismo nivel que las calles del pueblo.

A esa condición natural se sumó otro factor decisivo: el crecimiento urbano quedó encajonado entre dos infraestructuras elevadas. Por un lado el terraplén de las vías del tren y por otro la Ruta Nacional 157.

Estas estructuras funcionan como verdaderos diques invertidos. Cuando el río desborda o cuando bajan grandes volúmenes de agua desde las cuencas cercanas, el agua entra al pueblo pero luego no tiene salida. Queda atrapada entre esas barreras y convierte a La Madrid en lo que muchos especialistas describen como una enorme pileta sin desagüe.

La situación se agrava porque el terreno es extremadamente plano. En gran parte del área urbana casi no existe pendiente, lo que impide que el agua escurra naturalmente hacia otros sectores. Por eso las inundaciones no solo llegan rápido sino que además tardan mucho tiempo en retirarse.

A este fenómeno se suma otro problema típico del sur tucumano: el sistema de cuencas compartidas. Muchas veces La Madrid termina inundada aunque no esté lloviendo en el pueblo. Las precipitaciones en las zonas altas de Catamarca o del oeste tucumano descienden por ríos y canales que terminan descargando en esa llanura.

Los registros históricos muestran que las inundaciones masivas no son un fenómeno nuevo. Ya en 1944 el episodio conocido como el “Desborde del Gigante” encendió la primera gran alarma sobre la fragilidad hídrica de la región.

Sin embargo, durante décadas las respuestas fueron parciales. En los años setenta y ochenta se construyeron canales de contención y defensas que con el tiempo quedaron obsoletos por la acumulación de sedimentos, la falta de mantenimiento y el cambio en el uso del suelo.

El avance agrícola también tuvo impacto. El desmonte de miles de hectáreas de bosque nativo para cultivos eliminó la capacidad natural del suelo de absorber el agua, aumentando la velocidad y el volumen de los escurrimientos que terminan llegando al pueblo.

Las imágenes de las grandes inundaciones de los años noventa todavía forman parte de la memoria colectiva del sur tucumano. Familias enteras durmiendo sobre la Ruta 157, el único lugar relativamente alto y seco, se transformaron en una postal repetida cada vez que el agua avanza.

Uno de los episodios más dramáticos ocurrió en abril de 2017, cuando el pueblo quedó prácticamente cubierto por el agua. En aquel momento la presión hídrica fue tan grande que las autoridades debieron romper tramos de la ruta nacional con maquinaria pesada para permitir que el agua pudiera salir y evitar que la inundación continuara subiendo.

Hoy, en marzo de 2026, el escenario vuelve a repetirse con barrios anegados, evacuaciones masivas y un clima de fuerte tensión social.

Frente a este escenario recurrente, en los últimos años comenzaron a aparecer nuevas miradas sobre el problema. En lugar de intentar dominar completamente al río con obras gigantescas, algunos especialistas plantean que la solución podría pasar por adaptar el pueblo a la realidad geográfica del lugar.

En ese contexto vuelve a cobrar relevancia un proyecto elaborado en la Universidad Nacional de Tucumán por los arquitectos Javier Ruiz, Nicolás Real, Facundo Vázquez y Juan Far, quienes realizaron un estudio exhaustivo sobre el funcionamiento urbano y ambiental de La Madrid.

El trabajo, desarrollado entre 2020 y 2021, parte de un diagnóstico claro: el problema no se puede resolver únicamente con canales o defensas. Según los autores, el desafío es replantear cómo se ocupa el territorio.

La propuesta se basa en un esquema de rezonificación del pueblo, que clasifica el territorio en tres grandes áreas con un sistema similar a un semáforo.

Las zonas verdes serían los sectores más seguros para habitar, donde el riesgo de inundación es menor. Las zonas amarillas implican un riesgo intermedio, donde podrían construirse viviendas adaptadas a las crecidas. En cambio, las zonas rojas serían sectores que deberían dejar de ocuparse progresivamente porque el peligro es demasiado alto.

El plan no propone trasladar completamente el pueblo, algo que los propios arquitectos consideran inviable por el arraigo histórico de los habitantes. La idea es una relocalización gradual de las familias que viven en los puntos más críticos hacia sectores más altos del norte del ejido urbano.

Para las zonas intermedias, el proyecto plantea una arquitectura adaptativa. Las viviendas podrían construirse sobre pilares o con planta baja libre, permitiendo que el agua circule durante las crecidas sin provocar pérdidas materiales graves.

Este enfoque busca aceptar una realidad geográfica difícil: la llanura donde está asentada La Madrid seguirá inundándose periódicamente. En lugar de intentar evitar completamente ese fenómeno, la propuesta apunta a reducir su impacto sobre la vida de los habitantes.

El debate sobre qué hacer con La Madrid vuelve a aparecer cada vez que el agua regresa. Y mientras no exista una solución estructural que combine planificación urbana, obras hídricas y adaptación territorial, el pueblo seguirá enfrentando la misma amenaza: la de vivir permanentemente dentro de una gran pileta natural formada por su propia geografía.