Sol de Mayo, el pueblo tucumano donde queda un solo habitante

Tucumán y Mundo 01/07/2026 Por
Sol de Mayo, el pueblo tucumano donde queda un solo habitante

En Sol de Mayo, al sur de Tucumán, el Mundial llega tarde. No aparece en una pantalla ni en una radio encendida al momento del gol. Llega cuando alguien consigue atravesar kilómetros de barro, monte, caminos destruidos y puentes precarios para contar el resultado. Allí, donde durante décadas hubo familias, chicos en la escuela y vecinos que iban y venían, hoy queda un solo habitante permanente: Lino Navarro.


El paraje fue quedando vacío por las inundaciones, el aislamiento y la falta de caminos seguros. La última creciente se llevó el televisor de Lino y lo obligó a dejar su casa durante cuatro meses. Desde entonces, solo se entera de los partidos de Argentina cuando alguien llega hasta su rancho o cuando él sale hacia otros parajes.



“¿Cómo salió Argentina?”, pregunta cada vez que aparece una visita. La escena resume la soledad de un lugar donde los goles ya no se gritan en el momento en que ocurren.

Sol de Mayo no siempre fue así. Allí funcionaba la Escuela N° 151, que durante generaciones reunió a los chicos de la zona, cuenta Benjamín Papaterra, en La Gaceta. Pero el establecimiento cerró al comenzar el ciclo lectivo de 2024: ya no quedaban alumnos, ni maestros, ni familias suficientes para sostenerla.


Lino Navarro posa frente a su rancho en Sol de Mayo, donde hoy es el único habitante permanente del paraje. La última inundación se llevó su televisor y desde entonces solo conoce los resultados del Mundial cuando algún visitante llega hasta su casa.


El edificio todavía está en pie, aunque abandonado. No tiene techo, los pupitres están rotos, las aulas quedaron abiertas al cielo y la vegetación avanza sobre lo que alguna vez fue el centro de la vida comunitaria. El cierre de la escuela terminó de confirmar lo que el agua venía marcando desde hacía años: el pueblo se estaba quedando sin gente.



Para llegar hasta allí hay que atravesar un recorrido cada vez más difícil. El camino obliga a pasar por ripio, salitre, alambrados caídos, un puente colgante deteriorado y un tronco que funciona como paso sobre un arroyo formado después de las inundaciones. Donde antes había tierra firme, hoy hay cauces nuevos y charcos que permanecen después de cada creciente.


La misma historia se repite cerca, en Los Jereces, donde apenas quedan siete habitantes. Algunos, como Tito Mario Nieva, siguen criando cabras y escuchan los partidos por una radio a pilas. Otros, como José Antonio Lazarte, solo pueden ver los encuentros de Argentina por televisión abierta y siempre que no se corte la luz.



Tito Mario Nieva cruza el puente colgante que une Los Jereces con Sol de Mayo. La estructura, construida a comienzos de la década de 1980 para facilitar el acceso a la Escuela N° 151, continúa siendo el principal paso entre ambos parajes pese a su deterioro.


Pero Sol de Mayo muestra el extremo más duro de ese abandono. Lino sigue allí por sus animales, que son su única forma de subsistencia. “Si no estoy yo, ¿quién los va a cuidar?”, plantea. Para él, la solución no empieza por un televisor ni por volver a ver el Mundial: habla de obras, de arreglar el camino y de encauzar el río para que el agua no vuelva a ganar terreno.



José Antonio Lazarte tiene 77 años, nació y se crió en Los Jereces y hoy integra una familia que representa a cinco de los siete habitantes que todavía permanecen en ese paraje del departamento Graneros.

Mientras millones de argentinos siguen la Copa del Mundo en vivo, en Sol de Mayo la noticia de un gol todavía debe cruzar caminos rotos para llegar. En ese último rancho habitado, el Mundial no se vive al instante: se espera.




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