"Troll center" adjudicado a Catalán intentó montar una operación contra el ministro de interior por una bandera
El argentino panzón y el tuitero amargo - Nota de opinión
Por Fabián Juárez López
Hay una escena que se repite desde hace décadas en cualquier rincón de la Argentina: un grupo de personas alrededor de una mesa, una parrilla encendida, una guitarra que aparece de la nada y alguien que saca una botella de vino que estaba guardando para una ocasión especial. Nadie lo planificó. Nadie mandó invitaciones formales. Sucedió porque sí, porque la gente se juntó y porque en ese encuentro espontáneo está contenida una forma de entender la vida que es, en el fondo, profundamente argentina.
Esa escena ocurrió en Dallas, Texas, durante el Mundial 2026. La familia Corbalán, tucumana, residente en Estados Unidos, llevó una bandera con el nombre de Darío Monteros, el ministro del Interior de Tucumán. No lo hicieron por orden de nadie. Lo hicieron porque Monteros les hizo un favor en algún momento, y ellos, como hace la gente de bien, no olvidan. Eso es todo. Para cualquier argentino que haya crecido en una ciudad del interior, en un barrio con historia, en una familia con raíces, la escena es perfectamente comprensible. Es lo que somos.
Sin embargo, para cierta militancia digital libertaria, la imagen fue un escándalo.
Lo que molesta y por qué
Vale la pena detenerse a analizar qué es exactamente lo que generó la indignación. No hubo un acto de corrupción. No hubo dinero público involucrado. No hubo nada ilegal ni siquiera cuestionable desde el punto de vista institucional. Hubo afecto. Hubo una familia que recordó a alguien que los ayudó y decidió expresarlo públicamente, a su manera, con una bandera en un estadio de fútbol, que es quizás el espacio más democrático y popular que existe en la cultura argentina.
Ahí está la clave sociológica del asunto: el peronismo, desde sus orígenes, construyó poder político sobre la base de vínculos concretos y territoriales. No sobre abstracciones ideológicas ni sobre dogmas económicos de manual. Sobre relaciones humanas. Sobre el favor devuelto, el vecino que te consiguió el turno en el hospital, el puntero que apareció cuando nadie más apareció. Juan Domingo Perón lo entendió antes que nadie: la política que no se traduce en la vida cotidiana de la gente no es política, es literatura.
Ese tejido social es lo que algunos no pueden ver, o peor, no pueden tolerar.
El problema con la comida
Existe un detalle revelador que merece atención. Javier Milei, presidente de la Nación y referente máximo del espacio libertario, ha declarado en múltiples ocasiones que la comida le resulta una pérdida de tiempo. Que si pudiera alimentarse con pastillas para cubrir sus necesidades fisiológicas sin tener que sentarse a comer, lo haría sin dudarlo. Que el almuerzo le genera fastidio. Que no tiene plato favorito y que el asado —el asado argentino, ese rito colectivo que atraviesa clases sociales y geografías— le resulta indiferente.
No se trata de un juicio moral sobre las preferencias alimentarias de nadie. Cada quien come lo que quiere. El punto es otro: históricamente, el ser humano se ha encontrado alrededor de la comida. La mesa compartida es el espacio donde se toman decisiones, se hacen amigos, se resuelven conflictos, se construyen alianzas y se celebra la vida. Desde los banquetes de la Antigüedad hasta el asado del domingo, la comida es cultura, es política y es identidad. Un dirigente que concibe el acto de comer como un trámite fisiológico molesto está diciendo, sin decirlo explícitamente, algo muy profundo sobre su relación con los otros.
Y sus seguidores más fervorosos, esos tuiteros anónimos que convierten cualquier muestra de alegría popular en contenido de indignación, parecen haber heredado esa visión del mundo.
La alegría como amenaza
Hay algo perturbador en la reacción que genera la felicidad ajena en ciertos sectores. Cuando los argentinos festejan en Kansas City, cuando diez mil personas llenan un parque en Dallas con camisetas albicelestes y bombos y el olor a choripán, cuando una familia tucumana despliega una bandera con el nombre de alguien que los ayudó, esos mismos actores digitales que pasan sus días en redes sociales buscando escándalos sienten una incomodidad que no pueden disimular.
El sociólogo uruguayo Eduardo Viveiros de Castro describió alguna vez la fiesta popular como un acto político en sí mismo, una afirmación colectiva de existencia que los poderes excluyentes siempre intentaron disciplinar. No es casual. La alegría comunitaria es subversiva porque demuestra que la gente no necesita pedir permiso para ser feliz, que los vínculos horizontales entre personas concretas tienen más fuerza que cualquier relato descendente. Eso incomoda profundamente a quienes construyen su identidad sobre la negación del otro.
El argentino que el tuitero libertario desprecia es el mismo argentino que le pasa el mate sin pedirle el carnet ideológico, que lo invita a comer aunque no lo conozca, que lleva una bandera porque quiere y porque puede. Es panzón, compadrón, ruidoso y afectuoso. Le gustan las guitarreadas y salir a bailar. No está todo el día mirando si el vecino tiene más que él.
Una invitación
Hay algo trágico, en el sentido literario del término, en pasarse la vida buscando escándalos donde hay afecto, fabricando indignación donde hay camaradería, midiendo cada gesto humano con la vara de la sospecha. No es una forma de vivir. Es, sobre todo, una forma de no vivir.
El peronismo, con todas sus contradicciones y sus imperfecciones históricas, tiene algo que ninguna corriente política puramente tecnocrática ha podido construir: sabe estar presente en la alegría de la gente. Sabe aparecer en el asado, en el festejo, en el abrazo. Sabe que la política que no tiene fiesta no tiene futuro.
Así que la invitación es genuina: en algún momento, los jóvenes militantes digitales que hoy convierten cada bandera en un problema van a cansarse de la amargura. Cuando ese día llegue, van a descubrir que del otro lado hay una mesa tendida, un vino abierto y alguien dispuesto a escucharlos.
Bienvenidos al peronismo.