Tragedia en la ruta: a los vecinos del sector donde murió una familia santiagueña ya nada los sorprende
La tragedia del sábado en el kilómetro 1.251 de la Ruta Nacional 9 no hizo más que reabrir una herida conocida en el este tucumano. En el tramo que une Agua Azul con Arroyo Mista, en el departamento Leales, la muerte en la ruta dejó hace tiempo de ser una excepción para convertirse en una amenaza recurrente, casi una postal amarga de cada temporada de zafra. Por eso, más allá del dolor por las cuatro víctimas santiagueñas que murieron en el último choque, en la zona el impacto del caso volvió a poner en primer plano un reclamo viejo: el peligro permanente que representan las rastras cañeras, la escasa iluminación y la reiteración de siniestros en un corredor donde vecinos y policías aseguran que los accidentes graves se repiten año tras año.
El paisaje que rodea ese sector del camino parece hablar por sí solo. A los costados del asfalto se multiplican las huellas de otros episodios: estrellas amarillas pintadas sobre la ruta, pequeñas grutas levantadas en memoria de víctimas fatales y vehículos destrozados que se acumulan en dependencias policiales cercanas. Son marcas de una secuencia que, para quienes viven allí, no empezó ahora ni terminará con este último expediente judicial.
Entre Agua Azul y Arroyo Mista existen al menos dos accesos rurales, separados por menos de un kilómetro, desde donde salen de manera constante camiones y rastras cargadas con caña de azúcar para incorporarse a la Ruta 9. Esa maniobra, repetida a diario y a toda hora durante la zafra, es señalada por los vecinos como uno de los factores centrales del riesgo vial en la zona. Las unidades pesadas deben trepar lentamente desde caminos de tierra o desde cañaverales hacia una traza elevada, muchas veces en medio de la oscuridad, con barro en la carrocería y con sectores del acoplado que, según afirman los pobladores, quedan prácticamente invisibles para quienes circulan de noche.
“Es algo que acá pasa siempre”, resumió Rubén, vecino de Monte Bello que trabaja en un puesto de comidas de Arroyo Mista y conoce de memoria el movimiento del tránsito en ese sector. José, otro de los habitués del lugar, no dudó en ponerle frecuencia a la tragedia: “Por lo menos una vez por año hay accidentes fuertes, y muchas veces terminan con muertos”. Ambos coinciden en la descripción de una escena repetida: rastras pesadas que ingresan despacio a la ruta, conductores que apenas alcanzan a verlas en la oscuridad y un tramo vial donde, según dicen, el peligro se volvió parte de la rutina.
Los testimonios recogidos en el lugar dibujan un patrón que se repite. “La ruta está alta y las rastras suben muy lento. A veces, por el barro, por la caña o por cómo quedan ubicadas, las luces casi no se distinguen”, explicaron vecinos consultados en la zona. El temor, aseguran, no es exagerado ni nuevo: quienes viven allí ya modificaron sus hábitos de manejo y aprendieron a circular con extrema precaución, especialmente durante la noche y en los meses de cosecha. Aun así, la sensación es que ninguna prevención individual alcanza cuando el problema de fondo persiste intacto.
Ese diagnóstico no surge sólo de la mirada de los pobladores. También desde la propia fuerza policial reconocen que la situación es crítica. El agente Aguilar, de la comisaría de Los Puestos, una de las dependencias que suele colaborar en los operativos por siniestros en la zona, admitió que este tipo de hechos se repiten con demasiada frecuencia. “Todo el tiempo suceden accidentes así. Hay muy poca iluminación, y muchas veces los camiones no tienen las luces en regla”, advirtió. La frase coincide con lo que describen otros efectivos que conocen de cerca el corredor cañero del este provincial: una combinación de tránsito pesado, caminos oscuros y controles insuficientes que, durante la zafra, multiplica los riesgos.
La imagen que se observa en la comisaría de Romera Pozo, donde suelen quedar secuestrados los vehículos involucrados en este tipo de causas, funciona como otra prueba silenciosa del problema. Allí se apilan autos y camionetas destruidos, varios de ellos ya cubiertos por yuyos, como si el paso del tiempo hubiera terminado por naturalizar el desastre. “La mayoría son de accidentes fatales”, contó Joaquina Santucho, una de las agentes que intervino en el último operativo. Su mirada no se limita al caso reciente: “Yo estoy hace poco, antes estaba en Los Puestos, pero en todos estos pueblos se ve exactamente lo mismo”. La uniformada fue todavía más contundente al describir el escenario de estas semanas: “Esta época es la peor; desde que empezó la zafra ya hubo como 10 choques”.
Esa cifra informal, repetida entre policías y vecinos, da cuenta de una preocupación que excede el último expediente por homicidio culposo. Lo que se discute en Leales no es sólo la mecánica de un hecho puntual, sino un problema estructural que vuelve a emerger con cada accidente: la convivencia cada vez más riesgosa entre el tránsito particular y el movimiento permanente de camiones cañeros en rutas mal iluminadas, con accesos precarios y escasos márgenes de prevención.
La nueva tragedia, entonces, no irrumpió en un vacío. Llegó a un tramo de la Ruta 9 donde la memoria de los choques anteriores sigue fresca, donde las cruces y estrellas amarillas recuerdan que el asfalto ya se cobró demasiadas vidas y donde la sensación de que “algo va a volver a pasar” acompaña a quienes salen de noche, manejan hacia sus casas o simplemente viven a metros de una ruta que, en tiempos de zafra, se transforma en un corredor de riesgo permanente. En Leales, el drama de este fin de semana volvió a confirmar lo que los vecinos repiten desde hace años: la tragedia no aparece de golpe, sino que se viene anunciando en cada rastra que entra a la ruta a oscuras, en cada estrella pintada sobre el pavimento y en cada accidente que deja a la intemperie la fragilidad de un tramo que sigue esperando respuestas.