Tucumán violento: el 70 por ciento de los conflictos se dirimen a los tiros
Dos hechos de extrema gravedad en pleno microcentro tucumano en menos de un mes —un conductor que baleó a un ciclista tras un accidente de tránsito y un hombre que intentó asesinar a su pareja antes de suicidarse— pusieron en el centro del debate una pregunta que ya no admite evasivas: ¿qué está pasando con la violencia en Tucumán?
Las estadísticas ofrecen una respuesta incómoda. Según el informe preliminar del Sistema Nacional de Información Criminal, dependiente del Ministerio de Seguridad de la Nación, la provincia registró en 2025 un total de 11.538 lesiones dolosas, un 6% más que en 2024. Traducido a la vida cotidiana, ese número equivale a 32 casos por día, uno cada hora y media. En el mismo período, los casos de amenazas treparon también un 6% interanual, con 23.911 hechos reportados: más de 66 por día, más de dos por hora.
Pero lo que viene en 2026 preocupa aún más. Fuentes del Ministerio Público Fiscal estimaron que, en lo que va del año, el incremento de hechos de violencia interpersonal rondaría el 20%. A ese dato se suman dos indicadores que los especialistas consideran especialmente alarmantes: en siete de cada diez expedientes por violencia interpersonal hubo utilización de armas de fuego, y en nueve de cada diez aparece el consumo problemático de sustancias o situaciones vinculadas con el narcotráfico.
Los homicidios siguen la misma curva ascendente. En lo que va de 2026 se contabilizaron 22 crímenes, un 16% más que en el mismo período de 2025. El principal móvil es la violencia intravecinal, con nueve casos. Le siguen los femicidios y los homicidios relacionados con el tráfico de drogas, con cuatro casos cada uno.
"No hay una zona en particular. Obviamente, los hechos que se registran en pleno centro generan mayor conmoción, pero esta es una tendencia que se extiende a toda la provincia", explicó un fiscal a este medio. La frase resume con precisión quirúrgica lo que los números ya venían diciendo: los episodios del microcentro no son anomalías aisladas sino la expresión más visible de un fenómeno que se expande sin fronteras geográficas.
En la calle, la percepción ciudadana coincide con los registros oficiales. "Si esto pasa en el centro, ¿qué les queda a los lugares más alejados?", se preguntó Justina, estudiante universitaria consultada por un medio local. Juan Carlos, empleado gastronómico, fue más contundente: "Estamos viviendo en una sociedad enferma. Basta con ver lo que ocurre con el tránsito. Si esa es la reacción ante una discusión menor, imaginate lo que puede pasar ante un conflicto realmente grave". Fernando, jubilado, apuntó contra el sistema judicial: "Aquí cualquiera se hace el bravo y queda suelto. Así nunca va a llegar el mensaje".
El gobernador Osvaldo Jaldo salió al cruce de las críticas y calificó los episodios como "hechos aislados", aunque admitió que "muchas veces resultan difíciles de evitar". Ratificó la continuidad de las políticas de seguridad y destacó la fuerte presencia policial en el microcentro. "Prácticamente hay un efectivo en cada esquina, que es lo que nos pedía la sociedad. Sin embargo, ocurren hechos de estas características", reconoció.
Quien ya había encendido una señal de alerta antes de que los episodios coparan la agenda fue el jefe de Policía, Joaquín Girvau. "La violencia intrafamiliar, vecinal y comunitaria viene en aumento. La respuesta policial es reactiva ante estos hechos, por lo que se requiere de manera urgente un abordaje interministerial que incluya contención social, educación y mediación comunitaria", sostuvo.
El debate, entonces, ha mutado. Ya nadie discute si la violencia aumentó en Tucumán —los datos son concluyentes—. La disputa ahora es otra, más urgente y más difícil: cómo detener una tendencia que, de no revertirse, amenaza con instalarse como una constante de la vida cotidiana en la provincia.