La construcción de una enorme estatua de San La Muerte divide a los vecinos de un humilde pueblo en el interior santiagueño

Tucumán y Mundo 08/05/2026 Por
La construcción de una enorme estatua de San La Muerte divide a los vecinos de un humilde pueblo en el interior santiagueño

La instalación de una estatua monumental de San La Muerte en la zona de La Bajada, departamento Banda, sobre la Ruta 1 de Santiago del Estero, abrió una fuerte discusión social, religiosa y cultural que trasciende la curiosidad vecinal y puso en el centro del debate el crecimiento de las expresiones de religiosidad popular en sectores atravesados por la vulnerabilidad y la búsqueda de respuestas frente al dolor, la enfermedad y la exclusión.


La obra comenzó a levantarse en un predio identificado como “Santuario de Sanación y Liberación para los Hijos de Dios” y rápidamente generó repercusiones por el impacto visual de la figura: una imagen esquelética de grandes dimensiones, asociada tradicionalmente al culto de San La Muerte, ubicada a la vista de vecinos, automovilistas y devotos que circulan por la zona.


Según trascendió en ámbitos locales, la construcción estaría vinculada a Daniel Quintero, señalado en versiones populares como sanador. Sin embargo, el foco de la discusión dejó rápidamente de concentrarse en la autoría material de la estatua para trasladarse al fenómeno que representa: el crecimiento de prácticas religiosas alternativas que encuentran eco en comunidades golpeadas por la crisis social y económica.


Especialistas y referentes vinculados al análisis antropológico y religioso sostienen que el fenómeno no puede interpretarse como una simple excentricidad. El culto a San La Muerte forma parte de una extensa tradición de religiosidad popular presente en provincias del Litoral y del norte argentino, además de Paraguay, Brasil y grandes centros urbanos donde las migraciones trasladaron antiguas devociones hacia nuevos escenarios.



Las investigaciones académicas ubican esta práctica en territorios como Corrientes, Chaco, Formosa, Santa Fe, el Gran Buenos Aires y la Capital Federal. Las representaciones suelen mostrar figuras esqueléticas, muchas veces portando una guadaña, aunque para numerosos creyentes no simbolizan la muerte como amenaza sino como una figura protectora vinculada a pedidos de salud, trabajo, amor y resguardo frente a situaciones extremas.


El caso de La Bajada reavivó además el debate sobre los límites entre la fe popular, la superstición y los posibles riesgos de manipulación sobre personas vulnerables. Desde sectores de la Iglesia Católica recordaron que el culto a San La Muerte no es reconocido oficialmente y que la doctrina considera este tipo de prácticas ajenas a la fe cristiana.


El Catecismo católico, remarcan, diferencia claramente la devoción religiosa de prácticas vinculadas a la superstición, la idolatría o la creencia en poderes automáticos asociados a rituales, objetos o intermediarios humanos.


Sin embargo, también surgieron voces que advirtieron sobre la necesidad de evitar la estigmatización de quienes recurren a este tipo de expresiones espirituales. En distintos análisis se sostuvo que muchas personas llegan a estos cultos empujadas por la enfermedad, la desesperación económica, la sensación de abandono institucional o la falta de respuestas de estructuras tradicionales como la política, la Justicia o incluso las propias iglesias.


En ese contexto, la monumental estatua instalada sobre la Ruta 1 fue interpretada como algo más que una figura decorativa o un altar privado. Desde una mirada antropológica, se destacó que toda construcción de grandes dimensiones en el espacio público implica un mensaje simbólico y una ocupación territorial que modifica el paisaje y genera adhesiones, rechazos y temores.


Los especialistas también analizaron el fenómeno desde la psicología social. Explicaron que, frente a escenarios de angustia profunda vinculados a la enfermedad, la muerte o la pérdida, muchas personas buscan sistemas simbólicos que les devuelvan una sensación de control o esperanza cuando sienten que las instituciones tradicionales ya no ofrecen respuestas suficientes.


A partir de ello, advirtieron sobre la necesidad de observar cuidadosamente cualquier estructura que pudiera transformar esa fragilidad emocional en dependencia económica, obediencia ciega o manipulación mediante promesas de curación o soluciones milagrosas.


El debate también alcanzó al rol de las instituciones. Mientras desde distintos sectores se planteó que la Iglesia enfrenta el desafío de comprender por qué muchos fieles buscan respuestas fuera de los templos tradicionales, también se señaló que el Estado debe intervenir únicamente si existieran delitos, engaños, explotación económica, afectación del espacio público o vulneración de derechos.


En medio de la polémica, la gigantesca imagen de San La Muerte quedó convertida en un símbolo de una problemática más profunda: la expansión de prácticas religiosas marginales en contextos donde amplios sectores sociales sienten que la enfermedad, la pobreza, la inseguridad o la desesperanza quedaron sin contención suficiente.


La discusión abierta en Santiago del Estero ya excede el impacto visual de una estatua. Lo que comenzó como una obra llamativa a la vera de una ruta derivó en un debate sobre fe, vulnerabilidad social, exclusión, necesidad de protección y el creciente distanciamiento de buena parte de la sociedad respecto de las instituciones tradicionales.


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